Suevos, invasores de Hispania

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En el año 409, durante la crisis del Imperio Romano, una serie de pueblos bárbaros entraron en la Península y la ocuparon. Los suevos fueron uno de ellos.

Los suevos procedían de una zona muy cercana al Mar Báltico (llamado Mar Suebicum por los romanos) en Alemania. En este país crearon la Suabia (Schwaben). De los suevos se segregaron los alamanes, que darían nombre al país germano.

Su primer rey, Hermerico, junto con otros pueblos bárbaros, cruzó el Rin y penetró en las tierras del Imperio Romano, asolando todo a su paso. Sembró dolor y muerte, causando grandes destrozos económicos y personales a los campesinos. Atravesaron la Galia y se infiltraron, junto con los vándalos y los alanos, en la Península en el año 409.

Mientras tanto el Imperio Romano de Occidente se desmoronaba bajo las incursiones bárbaras. Por ello, el emperador Honorio pactó con suevos, vándalos y alanos, un acuerdo en el que reconocían el poder del emperador; en parte para evitar el caos que provocarían estos pueblos y también para contrarrestar el dominio de los visigodos.

El emperador Honorio, por Jean-Paul Laurens.

El emperador Honorio, por Jean-Paul Laurens.

Los suevos se establecieron definitivamente en la Gallaecia, que ocupaba Galicia y el norte de Portugal. Allí sometieron a la mayoría de los nativos y Hermerico fijó la capital del reino en Braga (Bracara Augusta, Portugal). De la misma manera, los vándalos ocuparon la Bética y los alanos las provincias Cartaginense y Lusitania.

En esta provincia, el reino suevo sufrió numerosos ataques por parte de los romanos, los hispanorromanos y los visigodos. A pesar de ello, los suevos se establecieron en poblaciones militares, en torno a la ciudad de Lugo, donde permanecieron hasta su desaparición en 585. Durante esta época, los suevos se enfrentaron en numerosas ocasiones a los oriundos.

Ante el progresivo aumento de poder de los bárbaros, Roma pidió ayuda a los visigodos, y a cambio les permitió asentarse en el sur de la Galia, creando de esta manera el reino visigodo de Tolosa (Toulosse). Los visigodos entraron en Hispania (año 411) y se abalanzaron sobre los alanos y los vándalos, a quienes sometieron u obligaron a huir al norte de África.

La expulsión de los vándalos permitió a los suevos ocupar todo el noroeste de la Península. Para evitar rebeliones y conspiraciones, Hermerico ordenó derruir las murallas de algunas ciudades hispanorromanas, como las de Coimbra. Varias de estas ciudades solicitaron ayuda a Roma, que pareció hacer oídos sordos de las peticiones. Finalmente, los suevos cedieron y firmaron una serie de tratados de paz.

Tras la muerte de Hermerico, le sucedió su hijo, Requila, quien tuvo una actitud conquistadora y hostil con los pueblos de alrededor, especialmente contra la población hispanorromana. Este rey se unió a las bandas de esclavos y marginados que saqueaban las tierras del Imperio, y conquistó Mérida y Sevilla. Requila consiguió poner casi toda Hispania bajo su poder, extendiendo su influencia hasta la provincia cartaginense. Requiario, hijo de Requila, continuó la expansión: invadió la Tarraconense, rompiendo tajantemente con Roma.

El rey Leovigildo fue uno de los más célebres monarcas visigodos.

El rey Leovigildo fue uno de los más célebres monarcas visigodos.

Los romanos contaron con el apoyo de las tropas visigodas. Éstas, dirigidas por Teodorico II, marcharon hacia Astorga; en esta región, en el río Órbigo, los suevos fueron aplastados por el ejército visigodo en el año 456. Los visigodos persiguieron a los supervivientes hasta la capital, Braga. Saquearon la ciudad, capturaron al rey Requiario y lo ejecutaron.

A la muerte del soberano, el reino suevo entró en un periodo de decadencia, durante el cual se sucedieron diversas guerras civiles. Esta época se conoce como periodo oscuro, pues apenas hay información sobre los suevos durante cien años.

 En cuanto a la religión, los visigodos trataron que los suevos fueran arrianos, por lo que cuando Teodomiro se convirtió al catolicismo Leovigildo, monarca visigodo, atacó de nuevo a los suevos, iniciándose de nuevo una guerra entre ambos pueblos.

En 577, el pueblo suevo se vio obligado a firmar un la paz con los visigodos; sin embargo, fue inútil, pues un año después el rey Miro se enfrentó a Leovigildo, y tras ser derrotado, juró fidelidad al monarca visigodo. Leovigildo impuso de nuevo el Arrianismo entre los suevos y, finalmente, añadió el reino suevo a las posesiones visigodas.

La huella de los suevos es tan limitada que apenas nadie conoce su existencia. Sin embargo, durante casi 200 años fueron uno de los mayores quebraderos de cabeza de un Imperio Romano moribundo, que se vio obligado a ceder para evitar guerras y recuperar territorios. ; La entrada de los suevos en la Península marca el fin de Roma, y el apogeo de aquellos bárbaros que acabaron con uno de los mayores imperios del mundo.

Escritor/Editor/Redactor: Kerstin Stanne. 

2 criticas en “Suevos, invasores de Hispania”

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