La irrelevancia de una estrella azul

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Por: Hyacintho Sol

Tierra

Foto del Mars Exploration Rover Spirit. 11 de marzo de 2004. NASA/JPL/Cornell/Texas A&M

He visto innumerables imágenes, todas hermosas del universo, pero ésta, que se resuelve en un exiguo contraste de grises, es de las más sobrecogedoras. En algunos píxeles, una estrella azul iluminando el amanecer marciano.

Si alguna vez hubiese existido una civilización en el planeta rojo, ¿qué idea se habría hecho de aquel astro azul? Esa acompañante ocasional del trasegar nocturno que ha observado por eones el devenir del mundo escarlata. ¿Quizá habría sido divinizada? Justo como lo fue Marte, el dios greco-romano de la guerra que por su vocación bélica y sangrienta fue asociado al planeta rojo.

Los antiguos griegos aprendieron en los albores del pensamiento racional, a distinguir entre el movimiento regular del sol y esas «estrellas» que aparentemente desobedecían la ley del desplazamiento circular aristotélico; por eso las denominaron πλανήτης (planētēs), un apropiado término que describía su travesía «errante» por el horizonte celestial.

Imaginemos por un momento la visión que los antiguos tenían de la bóveda celeste. No es sorprendente que creyeran en la sacralidad de los cielos como locus de los dioses, de lo imperecedero. Allí todo transcurre con certidumbre mecánica. Nada alteraba el paisaje celeste salvo la ocasional irrupción de una que otra estrella fugaz o de algún misterioso comenta que solía despertar inquietud e incertidumbre entre algunas culturas. En efecto, dichos astros fueron transgresores del orden, del cosmos, y por ende no podían significar nada más que una fractura de lo celestial. Acaso los cielos reflejaban un tanto los avatares terrenales, el mundo de lo imperfecto y lo perecedero, el lugar del hombre. Tal vez por eso los planetas, es decir, las antiguas deidades, tenían atributos muy humanos. Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. Eternos pero impredecibles; tan volubles y pasionales como el ser humano. Ciertamente, hechos a nuestra imagen y semejanza.                       

Cuestionarse por el sentido que una civilización extraña, desde el «más allá», concedería a esa errabunda estrella azul, nos conduciría a una interesante pero vacua especulación. Volvamos entonces a los griegos. Ellos la nombraron Gea, una deidad primordial. La Tellus Mater de todas las cosas, incluso de los dioses mismos. La situaron como demiurgo y eje del cosmos, en el plano donde todo se transforma y desaparece; rodeada a su vez por la bóveda sideral, la casa de los dioses en el inescrutable allende. Pero nosotros, como hijos de Gaya, figuramos en el centro.

Universo Ptolemaico.1493

Descripción del Universo Ptolemaico según Hartmann Schedel. Xilografía del Liber chronicarum mundi. Nuremberg, 1493.

Quizá esa ingenua conclusión antropocéntrica fuera una de varias reminiscencias del mundo Clásico que eventualmente cimentaron el redescubrimiento de la potencia y la belleza humana durante el Renacimiento, así como, paradójicamente, sustentaron la revolución copernicana del universo. En esta ocasión el hombre se ubicaba a sí mismo en el centro, era el nuevo paradigma; pero no así la tierra, que iniciaba un presuroso camino de desmitificación hacía la periferia del cosmos.

Esta victoria sobre el ídolo de turno: la tirana criatura judeocristiana, resultaría anodina a la luz de los acontecimientos postrimeros, porque la semilla del nihilismo fue sembrada junto con la de la razón, que como un martillo lo destroza todo, inclusive al ser humano mismo.

La razón encarnada en la ciencia nos permitió escrutar el profundo cosmos, e incluso describir y nombrar la geografía marciana con asombroso detalle; así como descubrir que aquél, es un mundo desolado y de apariencia estéril. A lo mejor alguna vez albergó vida en sus valles y planicies. Desde luego, la fantasía llega aún más lejos que los telescopios.

Imaginar a un observador ultraterreno es un cambio de perspectiva. Es suficiente una imagen desde el «más allá», pero un más allá secularizado, en últimas, violentado por la razón. Que ilustre a la humanidad su arribismo y pequeñez, su patética fragilidad; y especialmente nos aleccione sobre la insondable indiferencia del Cosmos, que lo condena todo a la serena entropía, a la desaparición y al olvido. La humanidad perece como todas las cosas, y ésto, al Universo le tiene sin cuidado.

Fuentes Ilustraciones:

1. http://photojournal.jpl.nasa.gov/catalog/PIA05547

2. http://fineartamerica.com/featured/ptolemaic-universe-1493-granger.html

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