KV62: El gran descubrimiento.

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-Carter, ¿Puede ver algo?

-Sí, cosas, cosas maravillosas.

Aquellas fueron las primeras palabras que, tímidamente, salieron de la boca del arqueólogo británico Howard Carter, después de haber contemplado con sus propios ojos los maravillosos tesoros de la tumba egipcia mejor conservada, uno de los grandes descubrimientos del siglo XX, tras más de dos mil años de confinamiento: la tumba del faraón Tutankamón. Era noviembre de 1922, y, meses antes, Lord Carnavon, mecenas del arqueólogo, había amenazado a Carter con retirarle todos los fondos, mas le dio una última oportunidad. La suerte jugó de su parte, ya que gracias a una casualidad, cuando uno de los obreros ahuecó el suelo para colocar una jarra de agua, encontraron varios escalones. Es entonces cuando comienza la aventura.

Un silencio sepulcral dominaba el ambiente cuando Carter llegó delante de los extraños escalones. Entre todos siguieron desenterrando, y se hallaron ante una escalera que daba a un muro de piedra. El muro, enlucido con yeso, contenía el sello del chacal de los nueve arcos: el símbolo de la necrópolis real. Rápidamente, escribió a su mecenas para comunicarle el hallazgo, y los obreros esperaron a que Lord Carnavon llegara para abrir la tumba. En la parte inferior del muro, escrito en jerogríficos, estaba la inscripción que identificaba al faraón encerrado durante miles de años en aquella tumba: el joven Tutankamón. Tras la llegada de Carnavon y su hija Lady Evelyn, se dispusieron a tirar el muro, pero con delicadeza. Detrás del muro había otro más, que indicaba que la cámara estaba intacta. El arqueólogo abrió un pequeño agujero en el segundo muro, y miró a través de él con ayuda de una vela.  Se quedó mudo. Su mecenas se levantó y preguntó: Carter, ¿Puede ver algo?, a lo que este respondió: Cosas, cosas maravillosas…

Howard Carter - Tutankamón.

El arqueólogo estudia los sarcófagos.

Lo que el egiptólogo pudo ver a través de aquella pequeña abertura  fue una cámara que precedía a…¡otra puerta más! Pero esta antecámara estaba llena de estatuas y otros objetos decorados con materiales tan ricos como el oro o el alabastro. En el centro, y custodiando la gran puerta, dos estatuas negras con faldellín, sandalias y tocado sobredorado. Sin duda, eran representaciones del faraón niño, y ambos, protegían y cuidaban lo que podría ser la tumba del monarca. Tras instalar una red de luz eléctrica y limpiar bien el camino, se adentraron en la habitación con la misma ilusión que un niño cuando ve los juguetes que le han traído los Reyes Magos. Aunque esto no acababa aquí. Poco después se dieron cuenta de que a un lado de la antecámara había una brecha que dejaba ver lo que Carter denominó más tarde como anexo: otra habitación llena de tesoros y objetos. Ahora sí que estaban seguros de que acababan de encontrar la tumba de un rey, y no uno cualquiera, sino la del faraón niño, Tutankamón, que murió prematuramente a la edad de diecinueve años. El último monarca de la dinastía XVIII, la más grande de todas las de Egipto. Su muerte a tan corta edad hizo que los obreros tuvieran que apresurarse a construirle una morada eterna, por esta razón sólo las paredes de la cámara que contenía el sarcófago estaban pintadas. Pero este detalle todavía no lo conocen los arqueólogos. A pesar de morirse de ganas de querer descubrir que había detrás de la última puerta sellada, el egiptólogo fue profesional en su trabajo: rápidamente contactó con todo tipo de especialistas para sacar, con extremo cuidado, todos los objetos de las cámaras y trasladarlas al museo del Cairo. Fueron tomadas fotos de todos y cada uno de los objetos que se hallaban en esas salas. Gracias al buen trabajo del británico, la mayoría de los tesoros del faraón se salvaron del deterioro. Si no hubiera seguido estas pautas, los objetos se hubieran destruido, acostumbrados a la temperatura y humedades propias de aquellas cámaras, el cambio tan brusco no les sentó tan bien…y tardaron diez años en vaciar por completo la tumba.

Howard Carter - Tutankamón.

Descubrimiento de la momia.

Cuando por fin se dispusieron a abrir esa última puerta sellada, que nadie había tocado en más de dos mil años, una serie de científicos, expertos y gente importante se colocaron en la antecámara para poder presenciar el hallazgo. Se descubrieron dos nuevas habitaciones: una de ellas, la cámara del tesoro, contenía los vasos cánopos que guardaban los diferentes órganos del faraón; la otra, protegía su cuerpo. El tesoro más célebre de esta tumba es su máscara funeraria, hecha de oro macizo y lapislázuli, que se encontraba tras varios ataúdes, sarcófagos y capillas que protegían el cuerpo de Tutankamón. Este es el descubrimiento arqueológico más importante de todo el siglo XX.

Desgraciadamente, durante estos diez años que duró el vaciado de la tumba, al gobierno egipcio no se le ocurrió otra cosa mejor que sustituir a Carter por otro hombre, Lacau, que no dedicó ningún tipo de atención a su trabajo y lo único que consiguió fue destruir varias piezas del ajuar funerario. El gran pesar del arqueólogo siempre fue no haber tenido tiempo para publicar toda su obra acerca del descubrimiento, ya que murió en 1939, eso sí, por causas naturales. ¿Por qué digo esto? A través de los años, ha permanecido la idea de que existe una maldición sobre todo aquel que profane una tumba faraónica. Es curioso que Lord Carnavon muriera poco después del descubrimiento, al igual que su perro. El mecenas murió en El Cairo, y justo hubo un gran apagón que dejó a oscuras la ciudad en esos momentos. Su hermano, que estuvo presente en la apertura de la cámara real, murió inexplicablemente en cuanto volvió a Londres. Arthur Mace, el hombre que dio el último golpe al muro para entrar en la cámara real, murió poco después y todavía no se saben las causas de su muerte. Sir Douglas Reid, que radiografió la momia, enfermó y murió dos meses después. La secretaria de Carter murió de un ataque al corazón, y su padre se suicidó al enterarse de la noticia. Como dato final añadiré que el canario del egiptólogo también murió, engullido por una cobra, el símbolo de la realeza egipcia…

Máscara de Tutankamón.

Escritor/Editor/Redactor: Marta Sacri

4 criticas en “KV62: El gran descubrimiento.”

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    Increíblemente increíble =D

  2. […] y famosa estatuilla del ajuar funerario de Tutankamón (para leer sobre este faraón, pulsad aquí). Son más los parecidos que las diferencias que encontramos entre Anubis y San Cristóbal, y […]

  3. […] de hambre. El séptimo rey de la XIX dinastía, Siptah, es un segundo faraón-niño, (el primero es Tutankamón), títere de cancilleres y reinas, y durante su reinado se producen varios periodos de anarquía. […]

  4. […] simplificada variante se puede admirar, por ejemplo, en el ajuar funerario del faraón Tutankamón, pero, sobretodo, en los bellísimos frescos de la tumba de la Esposa Real favorita de Ramsés II, […]

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