Historias de Dragones: Los Nazgûl

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Siguiendo con mí tratado sobre dragones, dejando de lado los aburridos temas de música que ya llenan el blog, esta vez me adentraré en la más temida de las criaturas voladoras del mundo de Tolkien, y una de mis favoritas, pese a que siempre he optado por estar de lado de las fuerzas del bien. Si, esta vez no va sobre vikingos, ni celtas, sino sobre la labor de JRR Tolkien a la hora de desarrollar toda su entramada compleja red de historias y relatos sobre una mitología aparte, y por ello, soberbia y genial, a mi parecer (y al de muchos otros).

No estoy hablando de otra criatura que los Nazgûl, bestias conocidas por todos nosotros, amantes del escritor anteriormente mencionado, o simplemente conocedores de la historia narrada en El Señor de los Anillos.

Un nazgûl en pleno vuelo, en el ataque a Minas Tirith.

Tolkien no era un gran descriptivo física, se centraba sobretodo en la apariencia según los sentimientos que transmitían; criaturas, lugares o gentes, por cuya razón el imaginarnos estas criaturas, a exentas de todas aquellas personas que hayan visto la película únicamente, se nos hace difícil de imaginar el aspecto de dichas criaturas voladoras. Por eso tenemos los primeros rasgos característicos de los nazgûls por boca de Gandalf El Blanco, que para alertar a los pequeños hobbits usa apelativos como crueles, fieros o siniestros, con lo que podemos imaginarnos más o menos la apariencia de estos monstruos del aire.

Los nueve nazgûls, o Espectros del Anillo se mueven por los cielos o por tierra en corceles negros, cubriendo su paso por oscuridad, miedo y terror. Dichas criaturas infectan a cualquier bestia con su aura tenebrosa, y envenenan a cualquier ser viviente con su aliento gélido y espectral.

En comparación a cualquier otro dragón de la Tierra Media, ya sea Glaurung o Smaug, el último dragón escamado escupefuego, las bestias aladas son criaturas primitivas, voraces sin voluntad, siempre gobernadas por los nazgûls. Según parece ser, Tolkien se inspiró en los antiguos dinosaurios llamados pterosaurios para crear estas criaturas, aunque de un tamaño mayor, y con pelaje en sus alas, alas que estaban parcialmente destruidas, y con garras a media distancia de la parte superior, como si de murciélagos se tratasen. Con estos pequeños detalles, Tolkien confeccionó una bestia que no podía ser confundida con lo que hoy llamamos pterodáctilo, pero que podía verse una clara reminiscencia de algunos de sus rasgos, de lo que podían haber sido sus antecesores (siempre que se aceptase la teoría de la evolución, cosa que Tolkien como buen cristiano practicante, nunca terminó de afirmar).

Cerrando los ojos nos podemos imaginar a estos nueve bichos, gobernados por caballeros guerreros ataviados con armaduras negras como la noche, empuñando lanzas largas con las que asestar a cualquiera que esté en contra de la palabra de Sauron, surcando los cielos de Mordor, rodeando Barad-Dür a golpe de ala, y emitiendo sus característicos gritos afónicos resonantes en las montañas de roca negra que rodean dicho territorio. Sin duda alguna una estampa épica a la par que terrorífica, de lo que la fuerza del Anillo en manos equivocadas puede suponer.

Así pues, vigilad los cielos la próxima vez que salgáis a pasear por las tierras de Gondor, nunca se sabe…

Escritor/Redactor/Editor:  Luigiht (Luis)

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