La destrucción de Meroe, tierra ancestral de los antiguos nubios.

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Pirámides de Meroe

Todos han oído hablar de las magníficas hazañas de los grandes dirigentes del Imperio de Egipto; sin embargo, pocas historias se conocen acerca de las tierras que se hallan más allá del templo de Abu Simbel. Entre la primera y sexta catarata del río Nilo se encontraba el reino de Kush, territorio dominado por los nubios, aquellos que lucharon con garras y dientes para ser independientes del poder de los faraones. Las luchas entre nubios y egipcios están presentes a lo largo de los siglos, y, los primeros, recibieron una gran influencia, y no solo cultural, de los segundos, a veces sus enemigos y, otras, sus señores.

Desgraciadamente, en 1834 unos ojos se posan sobre la tierra virgen de Nubia, que, todavía, no ha conseguido captar la atención de arqueólogos y cazatesoros. Estos ojos pertenecen a Giuseppe Ferlini, un médico italiano alistado en el ejército egipcio. A sus manos llegaron los bocetos y anotaciones del mineralogista Frédéric Caillaud a su paso por la recién conquistada Sudán. En ese momento, el italiano decide abandonar su trabajo y partir en busca de los grandes tesoros nubios. Acompañado por ayudantes y obreros, llega a Meroe, antigua capital del reino kushita, y contempla las espléndidas pirámides de la Necrópolis Real. Convencido de poder llegar a su casa cargado de oro, se encamina a examinar las tumbas; aunque de una manera un tanto ominosa: las desmonta piedra por piedra. Su primera víctima es la pirámide mejor conservada. Al retirar los bloques, encuentra una estancia con varios objetos envueltos en tela, que, sin duda, se corresponderían con el ajuar funerario de algún grandioso gobernante. Al destapar los objetos, el italiano se maravilló, pues había encontrado el tesoro que buscaba: anillos, brazaletes, pectorales, pulseras…una gran cantidad de joyas y decoración fabricada en oro. Es entonces cuando comienza a desconfiar de sus acompañantes, aquellos que seguramente se verían tentados a robar alguna pieza capturada, y decide guardarlo todo en una bolsa. Aún así, las noticias vuelan, y Ferlini se ve obligado a huir al ver la exaltación de los obreros con el anuncio del descubrimiento.

Brazaletes de la reina Amanishakheto

Algunas de las piezas del tesoro nubio.

El astuto médico viaja a Roma para vender el botín; sin embargo, no todo sale como él había planeado. Los estudiosos dudan de la autenticidad del tesoro y lo clasifican como una burda falsificación. Poco después, la historia llega a oídos de Luis I de Baviera, amante de las grandes colecciones, que compra la mitad del ajuar en 1840. Cuatro años más tarde, el egiptólogo Richard Lepsius examina las piezas y constata su autenticidad. Siguiendo los pasos de Ferlini, viaja a la antigua Nubia, donde descubre que la tumba saqueada se corresponde con la morada eterna de la reina Amanishakheto, una mujer corpulenta y de color, que osó enfrentarse a las tropas del mismísimo emperador Augusto. Rápidamente, Lepsius telegrafía al rey de Prusia, Guillermo IV, para que adquiera la otra mitad del tesoro, hoy expuesto tanto en el Museo egipcio de Berlín como en el Museo de Arte egipcio de Múnich. 

Muy a nuestro pesar, las historias de caza tesoros, saqueadores y arqueólogos poco profesionales se repiten a través del tiempo. Aquellos que, por sus ansias de riqueza, destruyeron piezas mágicas y milenarias, que podrían haber perdurado por muchos más siglos, a diferencia de los objetos que canjearon por ellas.

Pirámides de Meroe

Escritor/Editor/Redactor: Marta Sacri

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