Abderramán I, el emir independiente

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Nos hallamos en el año 749 de nuestra era,  año 131 de la Hégira.  Abu-l-Abbas, cabeza del clan abasí,  atacó la ciudad de Kufa. El califa Marwan II, de la dinastía Omeya, huyó a Egipto. Los abasíes ocuparon el califato, y trasladaron la capital del Islam de Damasco a Bagdad. Abu-l-Abbas temía que los Omeyas volviesen a reclamar el califato, invitó a toda la familia a un banquete donde fueron asesinados. Todos los Omeyas, incluso los ya muertos, fueron borrados de la faz de la Tierra. Su huella parecía haberse extinguido.

Abderramán I

Sin embargo, un vástago sobrevivió: Abd Al-Rahman. Abderramán nació en un monasterio de Damasco, en el año 731. Cuando tuvo conocimiento de que su vida se hallaba seriamente amenazada, escapó se la capital y se refugió en la tribu bereber de nafzas, en Mauritania, a la que su madre pertenecía. Gracias al apoyo de esta tribu desembarcó en Almuñécar (Granada) con la intención de buscar apoyos y seguidores.

Por entonces, la Península estaba poblada de etnias y diferentes grupos religiosos: musulmanes, muladíes, judíos o mozárabes son algunos ejemplos. Al-Andalus era gobernada por Yusuf, un emir débil, que no logró imponerse. Abderramán, conocedor de la situación de la Península, aprovechó la ocasión y organizó un poderoso ejército. Tras derrotar a Yusuf, entró en Córdoba en el año 756 y se declaró emir independiente del califato de Bagdad, aunque aceptó al califa como líder religioso.

Abderraman

Sin embargo, durante su mandato se produjeron revueltas, que se alargaron a lo largo de todo el emirato. Yusuf también se alzó en armas, pero con su derrota pidió una amnistía, y entregó como rehenes a sus dos hijos. Sin embargo, el antiguo valí volvió a rebelarse junto con un ejército de 20.000 hombres, hasta que finalmente fue asesinado en el año 759.

Los principales rebeldes fueron los bereberes, enemigos de los árabes como Abderramán. Los bereberes formaban el grueso del ejército, tenían menos derechos que los árabes y se les asignaron las peores tierras; no era de extrañar que no sintiesen simpatía por los árabes. Por estos motivos, provocaron frecuentes disturbios, y nunca llegaron a aceptar a Abderramán.

A partir del año 785, Abderramán ordenó la construcción de un templo, el más grande y fastuoso de todo el Islam: la Mezquita de Córdoba. Para su edificación se emplearon restos de iglesias y basílicas romanas y visigodas, así como el solar de la basílica de San Vicente. Hoy día, la catedral de la ciudad se encuentra en su interior, con lo que podemos hacernos una idea de la magnificencia de este edificio.

mezquita de córdoba

El emirato de Abderramán estuvo muy organizado, pues en todas las provincias existían jueces, gobernados, el consejo coránico… Y siempre contó con consejeros que le asesoraron cuando lo necesitó.  Abderramán tuvo tres hijos: Suleimán, Hixam y Almondzir. Para elegir un sucesor, se basó en una vieja tradición: el heredero debía parecerse al padre, tanto físicamente como en carácter, por lo que escogió a Hixam. Así quedó fijado un sistema sucesorio que perduraría hasta las taifas.

A pesar de la inestabilidad política, consiguió imponerse como emir, y su gobierno daría paso a una gran etapa para la Península. Herederos de generaciones de califas, no es de extrañar que los sucesores de Abderramán proclamaran el Califato, momento en el que Al-Andalus alcanzó su época de máximo esplendor. Por ello, logró revivir a su familia, los Omeya, y consolidó la influencia y autonomía de dicha dinastía.

Escritor/Editor/Redactor: Kerstin Stanne. 

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