Sobre islam y corrección política

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Por: Hyacintho Sol

Los recientes incidentes terroristas en Francia y Bélgica enrarecen aún más el ambiente político europeo. Los emergentes partidos de extrema derecha se han valido de esta coyuntura para reforzar su discurso euroescéptico, de antiinmigración e islamófobo. Lo que resulta paradójico de esta situación es que algunos medios de comunicación secundados por una buena parte de la intelectualidad europea arremeten, amparados en el manto de la corrección política, contra la crítica racional del islam, incluso aquella con ánimo reformista, tildándolas de pura islamofobia.

El caso del escritor argelino Kamel Daoud es sintomático de esta incursión de las «buena maneras» en el posicionamiento frente a diversidad de temas especialmente sensibles en Occidente. En un artículo escrito para La Repubblica de Italia y reproducido en Francia por Le Monde, Daoud ofrece una explicitación de la ola de ataques sexuales en Colonia, Alemania, en vísperas del 2016. En Colonia. El cuerpo de las mujeres y el deseo de libertad de aquellos hombres desterrados,[1] señala que en un contexto cultural donde los musulmanes soportan represión sexual, no sorprende que la mujer, como origen de un deseo necesario, sea negada, sufra rechazo, sea objeto de posesión y corra el riesgo de morir. La mujer, así entendida, es culpable de un gravísimo delito: ser fuente de vida, y la vida, para algunos fundamentalistas, es una pérdida de tiempo. Un monstruoso silogismo teológico que termina identificando a la mujer con la causa de la perdida pérdida del alma.

Como era de esperarse, esta interpretación de Daoud condujo a una polémica especialmente en Francia donde un colectivo de intelectuales objetó [original / versión en inglés] las afirmaciones del novelista al considerar que éstas reproducen viejos clichés orientalistas, además de alimentar los temores que los movimientos islamófobos intentan infundir en la opinión pública.

En Project Syndicate, Raphaël Hadas-Lebel señala que estos cuestionamientos son legítimos en la medida que Daoud se ahorra el análisis de las razones económicas, políticas y sociales que desde luego también sirven pare efectos explicativos, en cambio, conformándose con una interpretación «esencialista» que vincula las acciones individuales a todo un aparataje cultural y religioso subyacente. Sin embargo, el mismo Hadas-Lebel advierte que los críticos del novelista cometieron el error de acusarlo de banalizar la crítica racista detrás de una parafernalia humanista. Argumenta que este tipo de críticas terminan deslegitimando las reivindicaciones que hace Daoud del papel de la mujer en el mundo musulmán así como su análisis, aunque muy controvertido, de los tabúes sexuales.

Afilar la crítica ante una argumentación debatible es una cosa, poner en duda, mediante argucias ad hominem, la legitimidad de un interlocutor al acusarlo de defender soterradamente postulados islamófobos, es otra. Resulta curiosa la postura de los críticos de Daoud, que le reconocen en el contexto magrebí como parte de una minoría intelectual enfrentada al puritanismo ocasionalmente violento. Y sin embargo, al sostener los mismos argumentos en Europa, resulta entonces un islamófobo pendenciero; como si en un contexto fuese incorrecto pronunciarse en el mismo sentido como es perfectamente legítimo en otro.

Esta contradicción se explica, a mi juicio, por esa extraña mezcla de mala conciencia y relativismo axiológico que se ocultan en la opinión bienintencionada de algunos intelectuales. Las sombras de los crímenes del fascismo o del pasado colonialista están enquistadas en el imaginario público europeo. No en vano los debates, usualmente políticos, suelen llegar a un punto muerto cuando una de las partes acusa a la otra de ser nazi, o alguna de sus variantes, o en este caso, de islamófoba. Esa huella mnémica en la conciencia colectiva europea, por no decir occidental, suele aparecer como una suerte de tic en los momentos de mayor efervescencia dialéctica, especialmente cuando se sobrepasan los límites de la corrección política. El resultado: la banalización del significado histórico e ideológico del fascismo, además de una caída en la calidad del debate o peor aún, su terminación definitiva.

Ahora bien, al estudiar los valores y normas de una determinada cultura en el marco del relativismo axiológico, se advierte la naturaleza puramente local y convencional de dichos códigos sociales. Es una perspectiva que por definición evita evaluar las calidades ético-morales de las costumbres en cualquier sociedad. Esta negación de un referente axiológico absoluto entra sin embargo en conflicto con postulados de origen occidental, con clara pretensión universalista, como la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Obviamente, este relativismo permite una compresión de las culturas en el marco de su propio desarrollo histórico, de sus logros y alcances, sin embargo, esto de ningún modo impide hacer una valoración crítica, igualmente legítima, desde los valores concebidos en Occidente, que han evolucionado en sintonía con el avance del conocimiento. Algunos intelectuales, quizá por cierto recelo poscolonialista, se cuidan de herir sensibilidades a la hora de opinar sobre estos temas.

Es cierto, hay un extenso dosier colonialista y de aventuras bélicas en Medio Oriente y el norte de África, y desde luego las consecuencias saltan a la vista. El fracaso del proyecto panarabista, en parte debido a los intereses de las potencias occidentales e Israel, es una de las semillas del ascenso del yihadismo internacional. No hablemos de la Guerra de Iraq. Sin lugar a dudas Occidente tiene parte de la responsabilidad de la situación actual en Medio Oriente. No obstante, ¿acaso esta deuda histórica desacredita cualquier lectura crítica de la realidad social y religiosa del mundo islámico o de su relación con fenómenos socio-políticos en el seno de Europa? ¿Cuál es el temor de decir que en el mundo musulmán es cotidiano el maltrato a la mujer y que algunas costumbres misóginas podría estar siendo exportadas a Occidente?

Como pilar de la democracia, la libertad de expresión no se puede restringir en aras de la corrección política. De garantizar una racional y pública exposición de ideas, depende la salud de cualquier democracia. Es justamente en un clima de libertad que el pensamiento crítico, clave para desentrañar aquellas ideas que se precian de interpretar y representar al mundo, permite a los ciudadanos sopesar las opiniones bien informadas que los lleve a tomar decisiones a diferentes niveles, desde su vida cotidiana hasta política. Por eso la labor de académicos y periodistas debe ser honesta y respetuosa, más aún en tiempos de coyuntura sociopolítica.

En su momento Immanuel Kant señaló que la libertad para hacer un uso público de la razón sustenta la construcción histórica e ideológica de la ilustración. Y justamente denunció el papel de la tutoría como un obstáculo en el ejercicio autónomo del pensamiento; nadie puede pensar por otra persona, y en un sentido más contemporáneo, ninguna elite intelectual puede arrogarse el derecho de censurar una opinión que no se ajuste a los cánones del «correcto pensamiento».

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Charlie Hebdo. Dos portadas recibidas de formas muy distintas por el público, pero un solo sentido de la irreverencia.

La defensa de la libertad de expresión exige una continua reflexión sobre la tolerancia con el pensamiento disidente, por más «incorrecto» que éste sea. Un ejemplo es la sorprendente ingenuidad, o quizá el oportunismo, de quienes proclamaron a los cuatro vientos el lema: ¡Je suis Charlie!, tras el atentado terrorista contra el semanario satírico Charlie Hebdo, y meses después se rasgaron las vestiduras con la portada del mismo semanario que satirizaba sobre el horror de los refugiados que morían intentando llegar a Europa. Sencillamente la libertad de expresión es un valor que en sí mismo no está garantizado, y siempre es necesario defenderlo no solo del fanatismo religioso, también de la indignación fácil de quienes se atribuyen una autoridad moral, política o académica. Nadie debería salir del debate, como resolvió Daoud, quien ante la critica agresiva, renunció a sus labores periodísticas y prefirió concentrase en las literarias.

[1] Traducción libre: «Colonia. Il corpo delle donne e il desiderio di libertà de quegli uomini sradicati dalla loro terra».

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