Reseña: Los Pilares de la Tierra

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Por: Hyacintho Sol

Tan imponente y ambiciosa como la catedral que se describe en sus páginas, y a la sazón tan insólita para un Ken Follet conocidísimo por sus novelas de suspense. Los Pilares de la Tierra (1989) es una ficción histórica que, con lucidez, ensambla una variedad de elementos no sencillos de articular, revelando así un arriesgado talante literario. La construcción de una catedral y la emergencia de una ciudad, que si bien ficticias, funcionan con elegancia en el ajedrez de la geopolítica inglesa de mediados del siglo XII, un convulso periodo de la historia anglonormanda que de hecho ofrece un escenario soberbio para el apuntalamiento de unos personajes impecablemente elaborados, cuyas ambiciones, secretos y temores, impulsan con buen ritmo una historia no exenta de misterio, brutalidad y pasión. Eso sin olvidar el prolijo léxico arquitectónico, fundamental en esta obra y una de las mayores apuestas del autor.

El mundo aquí representado se aleja de aquellos relatos que edulcoran la vida medieval. Los laberínticos callejones de villas informes, rebosantes de actividad y que hieden en una confusión de residuos humanos y animales, como debe suceder en un mundo en el que termas y acueductos romanos son acaso leyenda. Pululantes casuchas se apeñuscan dejando poco a la privacidad. Señores y albañiles, mercaderes y clérigos, y prostitutas; todos aprenden a tolerarse en este pequeño universo de miserias claustrofóbicas e inéditas libertades. La vida en el burgo puede ser brutal, pero en los extramuros lo es todavía más. En los bosques y a la vera de los caminos, donde los proscriptos son señores; o en las tierras de labranza, donde los ciervos padecen un curioso cautiverio. Son todos paisajes ferales a los que algunos son arrojados por sus felonías y en los que otros han morado por generaciones, sometidos por el tributo y la superstición.

La inesperada muerte del heredero al trono de Inglaterra desencadena una pugna por el poder que tardará casi dos decenios en resolverse. Matilde de Inglaterra, segunda en la «línea de sucesión» se enfrenta a su primo Esteban de Blois quien es entronizado por los barones en contravía de los designios de su tío, el anterior monarca, Enrique I, para quien su hija es la legítima heredera. La confrontación está servida y Follet aprovecha este panorama para tejer una compleja historia que da cuenta de grandes hitos de la época como la batalla de Lincoln o el asesinato de Thomas Becket, pero vistos desde la perspectiva de unos personajes ajenos a las altas esferas del poder y que, sin embargo, el autor posiciona como definitorios en el desarrollo de los acontecimientos relatados.

Representación de Enrique I en su duelo por la muerte de su hijo y heredero al trono. British Library.

Los grandes personajes de esta novela del algún modo son peregrinos en un mundo de incertidumbre y hostilidad, no en vano son los tiempos de La (bien llamada) Anarquía (1135-1153). Un joven y tenaz prior, habituado a la vida monástica, que debe enredarse en los entresijos de la alta política para poder reconstruir la catedral de Kingsbridge; un albañil y su familia que ven en esa reconstrucción la salvación de una segura muerte por inanición; los herederos de un conde depuesto que, arrojados a la vergüenza y la miseria, buscan la restitución de sus derechos nobiliarios y justamente es Kingsbridge el sitio que les permite cultivar sus esperanzas.

Casi que elemental, una buena historia se debe también a unos buenos antagonistas. Y en efecto, esa incertidumbre y hostilidad aquí son hábilmente personificadas por figuras como el astuto obispo Waleran Bigod o su aliado incidental, el ominoso William Hamleigh. El éxito de esta novela se debe en parte a este contubernio, sabiendo mantenernos expectantes ante su pertinaz malevolencia.

En tanto que pasan los capítulos percibimos a Kingsbridge como un refugio frente a la barbarie y el caos acechante, algo así como un último baluarte del civismo, y la Catedral en construcción representa precisamente un proyecto de orden. Es cuando entra en sazón ese lenguaje arquitectónico tan exquisito y a la vez tan misterioso en el que Follet nos lanza sin prólogo o glosario, instituyéndolo como un código de orden y virtud, y refiriéndolo a las diferentes partes que sostienen un monumento, una edificación que de hecho sustenta alegóricamente una manera de entender y de entenderse en el mundo; y si sus pilares no resisten a la adversidad, irremediablemente el mundo se nos vendrá encima.

Ilustración de Matilde de Inglaterra del siglo XV, British Library.

En los Pilares de la Tierra presenciamos la transición entre la quizá austera arquitectura románica y la exuberante verticalidad gótica. Cada una con su respectiva naturaleza, con sus aspiraciones y en virtud de éstas, con sus propias dimensiones. Reconocer la belleza en las proporciones de una catedral, y saber la ciencia de sus formas y materiales es acercarse a la perfección y de algún modo, también a la redención. Las motivaciones de Tom Builder para empeñarse en construir no necesariamente son las mismas que las de su hijastro y aprendiz Jack, pero de algún modo ambos vislumbran, así como el prior Philip, que con la terminación de la catedral el mundo sería un poco mejor. De modo que esos arcos ojivales, esos contrafuertes necesarios, la disposición de las arcadas, el estilo del presbiterio e incluso el simbolismo detrás de los números, serían todos elementos para configurar un nuevo orden, una especie de De civitate Dei. Las catedrales góticas saben hacia donde apuntan.

Cuando los hombres se entregan a la locura de la sangre y la civilización se cae a pedazos, las mujeres demuestran su valía. Ahora quiero aludir a los personajes más fascinantes de esta novela, por lo menos en mi opinión. Sin duda a Ellen. Así sin más, sin apellido o título nobiliario, de franco abolengo silvestre. Ellen de los bosques, la emancipada, la bruja, como si se tratase de la mítica Diana encarnada. Rebelde e instruida, obviamente es una mujer singularísima en tiempos de superstición, y por todo eso tan temida y odiada; a ella no le importa, sabe quiénes la aman. Y como testigo privilegiada de las infamias e injusticias de que son capaces los poderosos, elige siempre el camino del exilio y la sublevación.

También a Aliena de Shiring. Otra desterrada; de su hogar y privilegios, de su destino, de sus ensoñaciones pueriles y románticas. Es la niña intempestivamente convertida en mujer. Si Ellen es una Diana insumisa, Aliena pues, una vestal mancillada. Pero su grandeza radica en su resurgimiento, en su resolución para afrontar la adversidad y en su espíritu emprendedor. Necesariamente ella debe romper con todo miramiento aristocrático y rehacerse en un oficio impropio de su alcurnia, y de paso labrar su camino para saldar la promesa hecha a su padre, el gran propósito que la impulsa por años.

Fachada principal de la Catedral de Brístol (1140), cuyas dimensiones y acabado gótico son similares a los descritos por Follet para la Catedral de Kingsbridge.

Naturalmente debemos reconocer la genialidad de Follet a la hora de construir a sus personajes, para dotarlos de tal profundidad y motivaciones que, según sea el caso, se nos vuelvan entrañables o despreciables con igual fervor. Los Pilares de la Tierra es una novela larga, pero con un ritmo excepcional, rica en episodios brillantes y trepidantes que estimulan una ávida lectura. Este libro no es exclusivo para los apasionados por la Edad Media, cualquiera que guste de las buenas historias lo puede apreciar. De su lectura solo quedo con la frustración de visualizar, digamos, inapropiadamente las formas arquitectónicas relatadas, en gran medida por mi limitado conocimiento de este lenguaje.[1] Sin embargo, sencillamente no es requisito ser versado en arquitectura medieval para disfrutar de este libro. Es suficiente con imaginar aquellos tiempos en que Jerusalén figuraba como el centro del mundo en la cartografía teológica, cuando Bizancio y Roma estaban muy lejos de una Inglaterra más bien periférica y caótica. E imaginar cómo, en el sur de aquella atribulada isla, a la sombra de una floreciente catedral, una diminuta villa se va erigiendo en fortín de la civilización frente a la barbarie reinante.

[1] Para aquellos que tengan inquietudes sobre la arquitectura de Los Pillares de la Tierra les recomiendo este artículo en dos partes de un lector desengañado: Blog de Domingo Pliego Vega.

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