Crítica: El Abrazo de la Serpiente / Camino al Óscar  

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Por: Hyacintho Sol

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El Abrazo de la Serpiente es una travesía hacía un mundo que ya no existente, una amazonia aún dotada de ese hado indómito y de misterio que fascinó y traicionó a no pocos aventureros. En esta cinta, aquel «exotismo» representado en postales y demás artificios turísticos, queda anulado por una apuesta en blanco y negro. El verde perenne, y en todos sus matices, puede ser ineficaz a la hora de interpretar un mundo casi olvidado del que permanecen escasos relatos y viejas fotografías. Justamente ese tipo de material fue el que inspiró a Ciro Guerra, promesa del cine colombiano, para concebir esta narración con una extraña mezcla de esoterismo épico. Los diarios del etnólogo Theodor Koch-Grünberg (1872-1924), del biólogo Richard Evans Schultes (1915-2001) y la obra del discípulo de este último, Wade Davis, El Río (1996), fueron la piedra angular de esta maravillosa narración.

Una planta milagrosa es el leitmotiv de la búsqueda de Koch-Grünberg y Schultes, interpretados por Jan Bijvoet y Brionne Davis respectivamente. Aunque separadas por decenios, sus travesías están signadas por el embate de una selva implacable y de las convulsionadas comunidades nativas que luchan por sobrevivir en medio de un pulso foráneo por sus territorios, sus recursos e incluso sus almas.

Su complejidad narrativa y audiovisual exige una reflexión sobre la relación del hombre con la selva y las ideas subyacentes. Desde una orilla crítica se advirtió que está cinta promueve ciertas ideas cuestionables, como el mito roussoniano del buen salvaje, que observa en el «bárbaro» aquellas  virtudes extrañadas en el hombre «civilizado». Me aparto de esta interpretación pues sortea a un tercer actor, la selva misma, en este encuentro de aventureros blancos e indígenas. De algún modo, aquí la jungla personifica a una criatura misteriosa e inaccesible por medios racionales. Ambos exploradores se aventuran allí con fines científicos, en otras palabras, de sometimiento de la naturaleza ignota a la racionalidad occidental, y paradójicamente, terminan haciendo parte de un demencial baile de marionetas, cuyos hilos se extienden allende la espesura.

Auscultando en el alma de los hombres, la selva se sabe ocultar, y se defiende, y la locura pareciese ser su arma predilecta. La leyenda de los chullachaqui, aquellos álter egos desmemoriados que deambulan entre matorrales y parajes, quizá es una alegoría de la pérdida de sentido a que conduce la desconexión del fino equilibrio entre la sabiduría ancestral y la naturaleza. Ciertamente, esta no es una película sobre el descubrimiento incidental de virtudes celestes en unos aborígenes perdidos en la jungla, muy a pesar de la sicodélica epifanía final de Schultes; es más sobre la búsqueda de sentido en medio de un vórtice de locura.

La narración bíblica sobre la caída de Babel es un interesante punto de referencia para interpretar esta obra. La repentina confluencia de un sinnúmero de lenguas, de sensibilidades, de ideas, anticipa a la caída del sentido del mundo. Lo que queda son ruinas, un puñado de sombras. La inclemente Amazonia es justamente eso. Cuando hombres blancos e indígenas se descubren, la selva solo se limita a esperar pacientemente y luego caer sobre todos. Nuevamente, quedan ruinas y sombras; fotos en blanco y negro, algunos rumores…, chullachaqui por aquí y por allá.

Finalmente, cabe agregar que la interpretación de los actores nativos (Nilbio Torres, Antonio Bolívar y Yauenkü Migue) es asombrosa; la credibilidad de sus papeles confirman nuevamente el éxito de esta apuesta por los actores naturales. Por otra parte, sin pretensiones, la elección musical es muy evocadora y adecuada para sumergir al espectador en esta historia.

Desde luego la nominación de esta película al premio Óscar a mejor película extranjera, solo ratifica su originalidad a la hora de contar una historia. Su estreno en España será el 17 de febrero y el 28 del mismo mes, sabremos si es merecedora de este reconocimiento.

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