Olzhych en sus ruinas

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Por: Hyacintho Sol

Oleh «Olzhych» Kandyba (1907-1944)

Entre ruinas crece la belleza. En su reposada soledad, en su desperdigamiento, en la forma como la naturaleza se dispone, poco a poco, reclamando su lugar. Como si ésta supiese de ante mano que toda nuestra soberbia creativa es pura ensoñación. Con sorna nos recuerda que el tiempo todo lo pulveriza. Allí se han alzado banderas, empuñado lanzas, levantado templos…, y consignas; allí han muerto y amado los moradores de antaño. Todos están ahí como ruinas, ocultos en un rompecabezas irresoluto.

Pero no todo está olvidado. Algunos románticos insisten en desentrañar los misterios de las ruinas; de algún modo buscan reconstruir aquello que ha sido derruido por la erosión y las vicisitudes, aquello que no volverá a ser. Su obstinación por leer el pasado es heroica. Deambulan por estos restos intentado devolver el sentido, la forma y el color. Ocasionalmente su paciente exploración es recompensada; el mundo nos devuelve algo a sabiendas de que a él terminaremos regresando. Ofrece más acertijos para deleite de todos, mientras aquellos continúan escarbando en el pasado intentando develar el último misterio: quiénes somos.

Es una labor heroica porque es trágica. Nadie sabe cuándo el último arqueólogo se paseará por las ruinas. Nadie sabe quién será el último en recordar, en hacer preguntas y conciliar con los muertos. Y cuando nadie más quede para indagar, ¿qué quedara de nuestro nombre?

Mientras tanto, la belleza se asoma con el musgo, la hierba y la hojarasca. Dándole un nuevo atributo a nuestros recuerdos y olvidos…

Debo reconocerlo. Esta reflexión sobre despojos y memorias no es más que una divagación en torno a las palabras de un paseante de ruinas y mártir de lejana patria:

Es fácil y claro yacer con el pecho apuñalado

En la hierba enredada, en el rocío sobre el suelo húmedo.

Lo veo todo, mi profundo sueño es calmo.

Mis cejas se estiran libres sobre mi frente recta.

***

Fue largo porque caminamos a través de valles, montañas y acantilados;

El mundo no estaba contento con nosotros –tenaz, arrogante y enfadado,

Las líneas siempre se rompieron con severidad y fuerza,

Los colores a nuestro alrededor estaban cayendo como piedras.

***

El color también ha cocido nuestra piel y cabello.

Las batallas dejaron rasgos ásperos…

…Es fácil y claro yacer en la hierba enredada…

Hierba y flores tomarán mis colores.

***

Oleh «Olzhych» Kandyba; Ciclo del Bronce, 1932

Con seguridad esta traducción mía no rescata cabalmente el sentido del original en ucraniano, entre otros motivos, por estar basada en dos versiones en inglés. Irremediablemente por el camino se habrán diluido algunos matices. No sobra decir que busqué en vano un ejemplar en español. Sin embargo, a grandes rasgos creo haber reconocido en este poema de Olzhych una perspectiva heroica del hombre sumergido en el mundo indómito, pero también una visión trágica, pues el mundo exige el retorno del hombre a su seno. A pesar de nuestras idas y vueltas, de nuestras virtudes y miserias, de principio a fin estamos sometidos a los avatares del mundo como si de un pacto inquebrantable se tratara. Tras el final de aquel pacto solo quedan algunos vestigios, apenas unas ruinas.

Al contextualizar este poema en el Ciclo del Bronce «бронза» publicado por el autor en 1932, se puede comprobar la influencia que tuvo la formación de Olzhych como arqueólogo en su literatura. No es de extrañar que algunos de sus poemas retraten el mundo prehistórico y específicamente intenten reconstruir los fundamentos existenciales de su nación.[1] Por ende, su poesía alejada de todo lirismo es sin duda un llamado al deber patrio, a que un pueblo tome conciencia de sí mismo y asuma las riendas de su destino. Sus palabras fueron el estandarte de sus acciones en tiempos convulsos. Sus bríos patrióticos le llevaron a una temprana muerte a manos del nazismo. Sachsenhausen fue testigo de la terminación de su pacto con el mundo. De él ahora nos quedan algunos retazos, como ese poema.

Me inicié en su obra gracias a la música de unos compatriotas con auténtica vocación por merodear entre ruinas. Los versos aquí traducidos fueron musicalizados por la banda Drudkh, leyendas del black metal eslavo. Donde los horizontes terminan «Там, де закінчуються обрії», fue el título elegido para la canción surgida de este maridaje estético. Declamada con esa atribulada rabia que caracteriza a Thurios, es de hecho parte de un más amplio homenaje a Olzhych. En total produjeron tres poemas musicalizados y un melancólico instrumental para este trabajo discográfico, cuyo título puede ser traducido como Alejamiento «Відчуженість».

Desde luego Alejamiento es una reinterpretación de Olzhych bajo una perspectiva sombría y definitivamente melancólica. Tal vez estos músicos identificaron los escenarios de su poesía como lugares de retiro y contemplación. A lo largo de todo este álbum la soledad indómita en bosques y valles es protagonista. Su atención pareciese estar más puesta en el retorno a la tierra. No hay duda, ésta es la particular invocación de Drudkh ante las ruinas de Olzhych.

Tal vez fue predestinado para mí

Seguirte a través de los bosques

Agazapado en la penumbra

hasta el final de mis días

Para encender mi fuego al otro lado del valle.

***

Para salir y correr a tu chimenea

En la mañana

Para tocar con mi rostro los alisos

Que son testigos silenciosos de abrazamientos

***

Quizá allí, en las sombrías orillas del silencio

Te seguiré a través de los bosques

Agazapado en la penumbra

Y buscaré tu rastro en la hierba cubierta de rocío.

***

Oleh «Olzhych» Kandyba; Ciclo del Pedernal, 1931

Interpretado por Drudkh bajo el título de El interminable sendero solitario

Solo el viento recuerda mi nombre…

[1] Cabe mencionar que su disertación doctoral giró en torno a la cerámica neolítica pintada en Galitzia, una región de Europa del Este ubicada entre Polonia y Ucrania.

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