Crítica: El hombre que conocía el infinito

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Por: Hyacintho Sol

La primera noticia que tuve de Srinivasa Ramanujan probablemente fue durante una muy pobre clase de matemáticas ya finalizando mi secundaria; recuerdo que el profesor, en su hastío por nuestra falta de interés y ante su evidente incapacidad pedagógica, resolvió dar un giro más «didáctico». Tal vez un relató sobre ciertas anécdotas relacionadas a la vida de matemáticos influyentes haría más llevadero el sinsabor de ese bodrio de curso. Las historias de matemáticos duelistas o de aquellos que irremediablemente terminaron locos fueron las que más captaron nuestra fugaz atención. Recuerdo que en algún punto hizo alusión a un genio de la India que, con una formación apenas elemental, logró destacables hallazgos matemáticos fuera de los círculos académicos occidentales. Esa, probablemente, fue la primera referencia que tuve de aquel misterioso genio.

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G. H. Hardy (Jeremy Irons) y Ramanujan (Dev Patel).

La siguiente fue en la película Good Will Hunting (1997), una interesante ficción dirigida por Gus Van Sant y escrita (aunque no lo crean) por Ben Affleck y Matt Damon, en la que este último interpretaba a Will Hunting, un joven autodidacta con un sorpréndete intelecto y una especial habilidad para las matemáticas no obstante su trabajo como conserje en el MIT. En cierto punto del filme el prestigioso profesor Gerald Lambeau (Stellan Skarsgård) sugiere a su antiguo compañero universitario, el profesor de psicología Sean Maguire (Robin Williams), que las capacidades de razonamiento de Hunting, a quien acababa de descubrir, son comparables a las del famoso matemático indio.

Cuando un matemático trasciende a la cultura popular ha de ser por logros notables en su trabajo; sin embargo, es difícil figurarse cómo una serie de avances per se en una disciplina tan abstracta como las matemáticas pueden reportarle tal renombre fuera del mundo académico. Afortunadamente, tras la lectura de un brillante libro de divulgación científica «comprendí» algo de la genialidad de Ramanujan. En un capítulo de Hiperespacio (2007), de Michio Kaku, se relatan algunas de sus hazañas y de su inadvertido servicio a la física teórica, además de ciertos pasajes biográficos que revelan la magnitud de su genio. Fue de hecho una misteriosa contribución suya en el área de las funciones modulares, la que curiosamente terminaría dando, décadas más tarde, alguna luz sobre el estudio de la críptica teoría de cuerdas, el modelo teórico aún en construcción que busca entender unificadamente todas las fuerzas conocidas de la naturaleza en un espacio multidimensional; ¿qué significa todo esto? Básicamente que estás funciones especiales son un eslabón fundamental de una teoría que pretende explicar todo el cosmos, tanto en su funcionamiento como en su origen.

Al término de esta lectura busqué más información sobre Ramanujan y pronto di con El hombre que conocía el infinito (2015), una película dirigida por Matthew Brown y basada en el libro homónimo (1991) de Robert Kanigel. Protagonizada por Dev Patel (el chico de Slumdog Millionaire) quien encarna al genio oriental, se centra en la peculiar relación que éste sostuvo con G.H. Hardy (Jeremy Irons), reconocido matemático británico de la primera mitad del siglo XX. La cercanía en el ámbito profesional solo es comparable al abismo que les separaba en lo personal. Así fue la relación entre ambos matemáticos y así lo muestra una cinta que sin embargo no termina de persuadirnos sobre la grandeza de Ramanujan.

Este biopic irremediablemente nos deja algunas inquietudes. Si bien se reconoce el genio del matemático indio, no queda muy clara cuál era la naturaleza de su trabajo salvo aquel fragmento en el que Hardy describe someramente un problema de particiones numéricas además de la resolución propuesta por Ramanujan. Y es que una película que intenta retratar a una mente excepcional debería valerse de recursos igualmente excepcionales para ilustrar a un público lego el significado de su contribución. Si bien no he leído el libro de Kanigel, me temo que Brown, quien recordemos también es guionista de esta adaptación, se abstuvo de tomar demasiados riesgos queriendo evitar una historia enrevesada con apuntes academicistas, en cambio, concentrándose en el desarrollo de varios contrastes, argumentalmente no siempre bien resueltos: un hombre hecho a sí mismo llegado de una colonia al corazón metropolitano de la élite académica blanca; el misticismo detrás de sus ideas matemáticas frente al desencantamiento ateo de Hardy; la convulsión política y el chovinismo exacerbados por una guerra y su embate sobre quienes expresan su pacifismo, entre ellos, un Bertrand Russell (Jeremy Northam) con un rol más bien ornamental.

Al principio de esta película hubo sin embargo una insinuación de cómo pudo abordarse alternativamente el problema pedagógico que supone llevar a la gran pantalla un tema tan complejo como las matemáticas. Me refiero al intento de Ramanujan de explicar poéticamente su trabajo a su esposa Janaki (Devika Bhise) acudiendo a la naturaleza y a los patrones que en ésta se pueden descubrir. A mi juicio, fue una oportunidad perdida no desarrollar más esta posibilidad: la aproximación al mundo de las matemáticas mediante metáforas, recurriendo a las formas, a las alegorías de la vida e incluso a aquella divinidad que según Ramanujan, inspiraba sus ideas. Lograr algo así no es imposible, más después del magistral manejo que se hizo de un tema también complicado en The Big Short (2015), esa excelente comedia dramática que aborda las causas de la explosión de la burbuja inmobiliaria en los Estados Unidos (2007-2008). Sin caer en un derrotero documental, supo ofrecer una variedad de aproximaciones, de ilustraciones, de perspectivas, y hasta de justa acidez, que nos introdujo, incluso con vértigo, en aquel jolgorio especulativo que desembocó en la última gran crisis económica mundial.

El hombre que conocía el infinito será una película intrascendente por mantener inaccesible la genialidad de Ramanujan al gran público, por el tono moralizante de una trama que intenta forzar la empatía con un protagonista gris con ocasionales muestras de ausencia, cuyas motivaciones y vicisitudes simplemente no son suficientes. Nunca conecté con este Ramanujan de Patel; es que ni siquiera me creí la relación con su esposa. A lo largo de esta cinta se insistió en la broma de que John Littlewood (Toby Jones) era producto de la imaginación de su colega y amigo G. H. Hardy; en perspectiva este chascarrillo me resulta tragicómico siendo que el espectral Ramanujan aquí representado encaja mejor como engendro de los anhelos del viejo Hardy.

Gunga Din, venido de la india para demostrar su valía al hombre blanco, como por arte de birlibirloque se transforma en una fantasmagórica alegoría, una moraleja sobre el exotismo de oriente y sus ignotas maravillas. No más que poesía, poesía de la mala conciencia.

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